jueves, 1 de noviembre de 2007

SU cuerpo sigue igual despues de 27 años de muerta.

(Cabimas) Hijas, sobrinos y nietos fueron al cementerio de Los Laureles a desenterrar el cuerpo de Carmen Felicia González de Rondón, el pasado 19 de julio de este año. Después de 27 años de haber sido enterrada, la sorpresa es que su cuerpo permanece intacto, como si sólo durmiera.
Los sacerdotes que conocen del caso hablan de que para la Iglesia Católica los cuerpos incorruptos son signo de santidad. Su pelo, sus cejas, las uñas pintadas de color plateado, su piel, la margarita que le pusieron, nada estaba marchito.
Carmen Felicia nació el 8 de febrero de 1900 y murió a los 80 años de edad, el 6 de noviembre de 1980, fue enterrada en el cementerio viejo de Los Laureles, parroquia Germán Ríos Linares, del municipio Cabimas.
Este camposanto se encuentra deteriorado y Servicios Públicos de la Alcaldía estuvo haciendo un llamado recientemente para que los dolientes de los fallecidos sacaran a sus familiares.
El cementerio de Los Laureles se inunda cada vez que llueve y la fosa donde se encontraba Carmen, precisó, estaba muy llena de agua. “Los trabajadores sacaron tobos y tobos de agua del hueco para poder extraer la urna”, contó Nerva Rondón de Núñez, hija de la difunta.
La idea fue de su sobrina Katty, hija de su hermano Clovis, quien murió hace 14 años, para que ambos estuvieran enterrados en el cementerio Jardines del Rosario, ubicado en Punta Gorda, con el resto de los familiares.
Para realizar las exequias ubicaron al sacerdote José Francisco Guerra Lozada, del liceo Juan XXIII, quien al igual que los familiares de la señora Carmen se sorprendió al ver que el cuerpo de la fallecida permanecía intacto, flácido, sin signos de que los años y la humedad hubieran pasado por su humanidad.

Olor a cielo
“Los sepultureros hasta le metieron por debajo de su cabeza y espalda un paño por si se desmembraba, pero no fue así, resulta que su cuerpo yacía allí blando como si sólo durmiera”, mencionó Nerva.
Familiares dijeron que la impresión fue inexplicable, porque esperaron recoger huesitos, que es lo único que queda con los años, pero al destapar la urna la encontraron completa y enseguida buscaron al sacerdote.
Los presentes, incluyendo al presbítero, aseguraron que del sitio nunca se desprendió mal olor, ni siquiera cuando abrieron el ataúd. “Fue algo sorprendente”, dijeron.
De hecho, junto a la difunta Carmen estaba su hijo Clovis Rondón, quien murió hace 14 años y él fue desenterrado primero, en su urna sólo quedaban cenizas y el cofre del esposo, Bartolomé Rondón, quien murió muchos años antes que Carmen, no pudo ser sacado, producto del agua que inundó la fosa.
Los restos de Clovis fueron metidos en una bolsa y puestos a los pies de su madre en una nueva urna que la gente de la funeraria tuvo que buscar, pues sólo llevaron un cofre muy pequeño para meter los supuestos huesos de la señora Carmen.
Luego de lo ocurrido, el sacerdote José Francisco Guerra ofició una misa en Jardines del Rosario en presencia de sus familiares, antes de ser nuevamente enterrada.

Una santa
Los testimonios de quienes en vida conocieron a la señora Carmen de Rondón, la definen como una santa. Una persona caritativa, servicial, bondadosa, humilde y con un gran corazón.
“Ella me crió, y a mi hermano también, porque nuestra madre murió muy joven, soy lo que soy por mi tía Carmen, ella me enseñó el bien, el que debía compartir siempre con el prójimo… Todos los días Dios hacía un milagro en su cocina, porque a la casa llegaba mucha gente y yo le decía que la comida no iba alcanzar, a todo el que llegaba le ponía un bocado y era impresionante porque siempre le sobraba y todos comían…”, relató la señora Eudys de Mindiola (65), sobrina de la fallecida, a quien consideró como su segunda madre.
“Fue mi madre, ella me dio estudios y soy docente normalista jubilada, gracias al amor y la educación que pacientemente me dio mi tía”, contó con sollozos la señora. Y no sólo a ella sino también a su hermano Oswaldo González.
Mindiola vivió con su tía Carmen en el sector Concordia, en la carretera “J” desde los 16 años aproximadamente. “Ella decía que a nadie se le negaba un vaso de agua y un plato de comida, a todo el que llegaba algo le daba, pero no lo dejaba ir con las manos vacías”. Incluso, cuenta que tenía la particularidad de que pedía por algún enfermo y se sanaba. Era muy familiar, si algún integrante enfermaba, los reunía a todos y pedía que entre todos colaboraran con el que lo necesitaba.
“Aprendí mucho de ella, y hoy por hoy, mucho antes de que fuera desenterrada, siempre le pedía a ella en mis oraciones, como si fuera una santa, porque siempre fue mi ángel protector y mira que todo lo que le pido me lo concede; después de Dios, mi tía Carmen”.

Religiosa
Carmen Felicia González de Rondón era una persona con un gran corazón, es la quinta de nueve hermanos, cinco hembras y cuatro varones. Nació en el Valle del Espíritu Santo en Margarita, estado Nueva Esparta. Tuvo cuatro hijos: Clovis Rondón (difunto), Ligia de Salazar (vive en Barinas), Carmen de Raven (vive en Maracaibo) y Nerva de Núñez.
Desde pequeña, sus padres Hipólito Casiano y Zoila Rosa González, le enseñaron el camino de Dios. Todos los domingos iba a misa y cuando no lo hacía se sentaba frente a un altar con santos que tenía y allí con la imagen de su patrona, la Virgen del Valle y el padre Antonio María Claret, hacía su respectivo rosario. “Era como si no se sentía bien cuando no iba a las eucaristías, le daba como remordimiento de conciencia” recordó Beatriz Núñez de Freites, nieta.
Su hija, Nerva Rondón de Núñez, recuerda que dado que su padre tenía un carácter fuerte, no le gustaba que su madre saliera sola y en la madrugada, allá en Margarita, escondida agarraba un paquete de comida y se lo llevaba a su mamá Zoila.
“Mi madre era tan bondadosa que sentaba a los seis hijos que tuvo papá fuera del matrimonio en la misma mesa a comer con nosotros”.
Su vida pudiera pensarse que fue la de una mártir, siguió a su marido, como juró frente al altar cuando se casó, hacia todos lados.
“Mi padre trabajaba para la Creole, nosotros vivíamos en Margarita y lo enviaron por 6 años para Aruba, hacia donde nos fuimos, porque mi papá se había llevado a mi hermano a trabajar allá y tenía muy mala vida, así que mi madre se fue con todas nosotras para allá como inmigrantes, estuvimos días en un barco comiendo papas sancochadas hasta que llegamos. De allí la empresa lo envió a trabajar al Zulia, donde finalmente nos quedamos… vivimos años en Campo Rojo y luego nos mudamos a Concordia”.
La señora Carmen Felicia murió de un paro respiratorio, decía ver a su mamá Zoila cuando agonizaba. Desde niña se dedicó a ayudar a sus padres en una huerta de frutas que tenían.

Estado de gracia
Para monseñor Francisco Gil, de la Diócesis de Cabimas, el que un cuerpo después de 27 años de enterrado no esté corroído pudieran ser signos de santidad.
“Si la persona llevó una vida tranquila, obrando tal cual nos manda el Señor, pudiera entonces que su cuerpo permanezca en un estado de gracia”.
Lo dice la palabra de Dios en Mateo 6:19-21. “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.
El sacerdote José Guerra explicó que cuando suceden estos fenómenos extraordinarios, debe abrirse una investigación acerca de la vida personal del hombre o la mujer, pero eso lo ordena la santa sede.
Son cinco pasos: siervo, venerable, beato y canonización. En el caso de José Gregorio Hernández, santo que ha hecho cientos de milagros, aún no llega al tercer paso.
Familiares esperan la llegada del obispo de la Diócesis de Cabimas de España, monseñor William Delgado, para hacer de su conocimiento la situación.

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